Ficciones

Un acercamiento a la Literatura

martes

Cuentos para pensar




Los cuatro ciegos

Había una vez cuatro ciegos que querían saber como eran los elefantes, y por más que sus amigos trataban de explicarles no lograban hacerse una idea. Hasta que un día llego un circo al pueblo; y a un amigo se le ocurrió llevarlos para que pudieran comprobar personalmente que forma tenían los elefantes, y así lo hizo. Acercó a los cuatro ciegos al elefante y el primero se abrazo a una pata y dijo: -el elefante es como el tronco de un árbol-, el segundo lo tomo de la nariz y dijo: -¡no! es como una gran serpiente-, el tercero tomándolo de una oreja replico: -más bien se parece a una hoja de palmera-, y el ultimo que lo tenia de la cola aseguro: -para mi es exactamente igual a una soga-. Cuestión que los ciegos todavía hoy siguen discutiendo sobre la forma del elefante.

Lo mismo pasa con la verdad, todos vemos una parte y creemos que conocemos toda la verdad, nos encerramos en nuestras creencias y hasta tratamos de imponerlas a los demás.



El águila y las gallinas

Un día el dueño de un campo encontró entre sus plantaciones un huevo, y decidió dejarlo en el gallinero para que las gallinas lo empollaran. Al tiempo nació un pichón de águila y como fue criado por las gallinas aprendió a escarbar la tierra con sus patas buscando insectos para comer imitando a las demás, también comenzó a cacarear como las otras, a levantarse al clarear y a acostarse al atardecer, hasta que copio a la perfección todos los hábitos del gallinero, un día cuando ya el águila era vieja, vio en lo alto del cielo un ave majestuosa que volaba dócilmente aprovechando las corrientes del viento, tanto la impacto esa visión que le pregunto a las otras gallinas que era esa ave, entonces la mas vieja le dijo: - Esa es el águila, pero nosotras solamente somos gallinas-.

Todos somos águilas, pero nos hicieron creer que somos gallinas, el sistema nos impuso los hábitos del gallinero.

sábado

Viejo con árbol- Roberto Fontanarrosa



Es uno de mis favoritos. Siempre habrá un lugar para el querido Negro.

miércoles

Aspiro a ser diputado


Señores:
Aspiro a ser diputado, porque aspiro a robar en grande y a "acomodarme" mejor. Mi finalidad no es salvar al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones de compinches, sinvergüenzas; no señores, no es ese mi elemental propósito, sino que, íntima y ardorosamente, deseo contribuir al saqueo con que se vacían las arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que comprender es la más intensa y efectiva que guarda el corazón de todo hombre que se presenta a candidato a diputado. Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que creo no tienen mis rivales. Ante todo, se necesita ser un cínico perfecto, y yo lo soy, no lo duden señores.
En segundo término, se necesita ser un traidor, y yo también lo soy, señores. Saber venderse oportunamente, no desvergonzadamente, sino "evolutivamente". Me permito el lujo de inventar el término que será un sustitutivo de traición, sobre todo necesario en estos tiempos en que vender el país al mejor postor es un trabajo arduo e ímprobo, porque tengo entendido, caballeros, que nuestra posición, es decir, la posición del país no encuentra postor ni por un plato de lentejas, créanlo... Abarquen la magnitud de mi sacrificio y se darán cuenta de que soy un perfecto candidato a diputado.

Cierto es que quiero robar, pero ¿quién no quiere robar? Díganme ustedes quién es el desfachatado que en estos momentos de confusión no quiere robar. Si ese hombre honrado existe, yo me dejo crucificar. Mis camaradas también quieren robar, es cierto, pero no saben robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien vendida. Ustedes saben que las arcas del Estado están enjutas, es decir, que no tienen un mal cobre para satisfacer la deuda externa; pues bien, remataré al país en cien mensualidades, de Ushuaia hasta el Chaco boliviano, y no sólo traficaré al Estado, sino que me acomodaré con comerciantes, con falsificadores de alimentos, con concesionarios; adquiriré armas inofensivas para el Estado, lo cual es un medio más eficaz de evitar la guerra que teniendo armas de ofensiva efectiva, le regatearé el pienso al caballo del comisario y el bodrio1 al habitante de la cárcel, y carteles, impuestos a las moscas y a los perros, ladrillos y adoquines... ¡Lo que no robaré yo, señores! ¿Qué es lo que no robaré?, díganme ustedes. Y si ustedes son capaces de enumerarme una sola materia en la cual yo no sea capaz de robar, renuncio ipso facto a mi candidatura... Piénsenlo aunque sea un minuto, señores ciudadanos. Piénsenlo. Yo he robado. Soy un ladrón, y si ustedes no creen en mi palabra, vayan al Departamento de Policía y consulten mi prontuario. Verán que performance tengo. He sido detenido en averiguación de antecedentes como treinta veces; por portación de armas -que no tenía- otras tantas, luego me regeneré y desempeñé la tarea de grupí2, rematador falluto3, corredor, pequero4, extorsionista, encubridor, agente de investigaciones; fui luego agente judicial, presidente de comité parroquial, convencional, he vendido quinielas, he sido, a veces, padre de pobre y madre de huérfanas, tuve comercio y quebré, fui acusado de incendio intencional de otro bolichito5 que tuve... Señores, si no me creen, vayan al Departamento... verán ustedes que yo soy el único entre todos esos hipócritas que quieren salvar al país, absolutamente el único que puede rematar la última pulgada de tierra argentina. Incluso, me propongo vender el Congreso e instalar un conventillo o casa de departamentos en el Palacio de Justicia, porque si yo ando en libertad es que no hay justicia, señores...

* Roberto Arlt (Aguafuertes porteñas, Bs. As., 1933)


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GLOSARIO

1. Bodrio: alude seguramente al guiso o comida de los presos.
2. Grupí (o grupín): personaje que, en los remates, ofrece sumas para aumentar el valor de algo, sin las intenciones de comprar sino, en arreglo con otros, para hacer subir el precio.
3. Falluto: falso, falsario.
4. Pequero: estafador (de “peca" = estafa)
5. Bolichito: pequeño negocio (puede ser un bar, una pequeña tienda)




Roberto Arlt

Hijo de un inmigrante prusiano y una italiana, Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores, el 2 de abril de 1900. Publicó “El juguete rabioso”, su primera novela, en 1926. Por entonces comenzaba también a escribir para los diarios Crítica y El Mundo: sus columnas diarias -“Aguafuertes porteñas”- aparecieron de 1928 a 1935 y fueron después recopiladas en el libro del mismo nombre. Se divertía contando de sus amistades con rufianes, falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de sus personajes. Las “Aguafuertes” se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina. Al mismo tiempo de su actividad como escritor, Arlt buscó constantemente hacerse rico como inventor, con singular fracaso. Formó una sociedad, ARNA (por Arlt y Naccaratti) y con el poco dinero que el actor Pascual Naccaratti pudo aportar instaló un pequeño laboratorio químico en Lanús. Llegó incluso a patentar unas medias reforzadas con caucho, que no fueron comercializadas y, al decir de un amigo, "parecen botas de bombero". En 1935, viajó a España y África enviado por el diario El Mundo, de donde salen sus Aguafuertes Españolas. Pero, salvo este viaje y alguna escapada a Chile y Brasil, permaneció en la ciudad de Buenos Aires, tanto en la vida real como en sus novelas, “El juguete rabioso”, “Los siete locos” y su continuación, “Los lanzallamas”. Murió de un ataque cardíaco en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

martes

Dios no perdona a todos


Regalo de mi amiga peregrina

Se sentía mareado y confundido, todo parecía distorsionado, tal vez padeciera la fiebre y estuviera alucinando. Se quedó quieto, agazapado y cerró los ojos. Los recuerdos acudieron en forma fragmentaría, como partes desequilibradas de un espejo, le mostraron el pasado que no reconocía como remoto o inmediato, sólo supo que había sido suyo.

_Señor Antonio, han muerto otros dos, aquí mismo, debiéramos huir al campo, ni sus saberes de alquimia nos han de salvar esta vez.
_Nunca, idiota, no dejaré nada, la justicia también ha muerto y no a causa de la peste, ésa sólo lame los suelos buscando difuntos. Si nos vamos vendrán los saqueos, los mendigos que traen el estigma ellos piensan en comer una vez antes de morir o en morir en las camas de los nobles.
_Pero señor.... corremos riego, nos espera la misma ventura si no huimos.
_Cállate cobarde y haz que el sepulturero ponga los cadáveres de esos dos en el mismo féretro donde está mi esposa. La desgraciada tendrá en la muerte lo que buscó en la vida; dale las monedas, por unas cuántas el enterrador es capaz de meter a ocho en la caja.
_¿Y sus hijos señor Antonio?_ se animó todavía sabiendo que su amo desconocía el amor y la piedad.
_¿Mis hijos? Están lejos, están grandes y no me importan. Sólo avísales que murió la desdichada pero que no vengan, no quiero nada que hieda a Florencia, está putrefacta de muerte negra.

La peste... Sí, la ciudad se moría, pobres y ricos, todos eran la misma mercancía para la fosa. Recordó una tarde, en la que se aventuró a salir para cobrar una deuda, lloriqueaba el infeliz diciendo que no ya tenía nada, pero él no regalaba la moneda la usura. Cuando llegó estaba yerto, tendido como tantos sobre los umbrales harapientos. Llevó la mano a su nariz y olió las hierbas, él sabía de mixturas hechas con hojas y aceites, si se cubría con el pañuelo donde las envolvía estaría a salvo del aire fétido. La calle estaba descarnada de difuntos, puercos y canes los olían mientras la muerte cantaba con desparpajo, noche y día, su canción sin fin.
La mayoría había huido de los enfermos y hasta de sus bienes... fueron abandonados las villas y palacios...qué imbéciles como si obrar de esa manera los ayudara a mantener la vida, a evadirse del mal . Algunos pocos se dedicaron al gozar de los días solazándose en todos los apetitos que estaban a su alcance...colmadas desbordaban las tabernas como los mismos cementerios.


¿Pero qué había pasado con él, con sus ricos bienes, con su gabinete de magia ? Había un manto negro de memoria hecho laguna, entre la pestilencia y este momento en el que raspaba los dientes odiando una de vara de madera. Por un instante se vislumbró solo en su mansión, iracundo, maldiciendo, todos habían huido, algunos hacia la muerte y otros hacia la noche furtiva ...miserables, ya tendrían su castigo... sabría ejecutar con mano rigurosa la deslealtad de sus sirvientes.

Abrió los ojos esperando .... buscando el consuelo de la riqueza de sus cristales de Burano, de los mármoles verdes y rosados ... de los libros sagrados que le llegaran desde Oriente.... pero no, sólo la oscuridad se aposentó entre sus ojos que sintió extraños. ¿Estaría muerto? ¡No....no! Podía sentir el latido de su corazón acelerado... podía moverse...podía ver formas vagas y monstruosas en la penumbra. Formas muertas, altas, de proporciones descomunales y geométricas. Se quedó quieto olisqueando algo rancio, un alimento que salió a su encuentro desde el suelo, sintió la urgencia del hambre, pero no comió, la amenaza de la peste lo detuvo. Se quedó quieto y esperó otro recuerdo.

_Debes dejar hijo mío que te administre los sacramentos, para que seas recibido en la paz del Señor.
_ Váyase, nadie lo ha llamado y no creo en ese dios inútil que se corona con espinas, un bonachón que perdona a todos.
_ La peste fue enviada, aquí donde reina el pecado, por justo designio de Nuestro Señor. Mírate, tu cuerpo está lleno de bubas, si no te arrepientes hallarás castigo porque Dios, aun en su bondad, no perdona a todos.
_¡Fuera de aquí... cuervo, tu dios no existe y yo reniego de él!
_Como gustes, pero tienes la sombra de la muerte a tu lado, ella no discrimina y tiene tiempo para todos, aun para ti. Ojalá Él se compadezca.

Revivió los escalofríos, el dolor ardiente de la fiebre en las entrañas y un caerse a la nada sin remedio. ¿Entonces?¿Qué le había sucedido? Paulatinamente recordó la muerte, su muerte lejana ....oscura de estertores, sin nadie cerca, pero ahora estaba aquí, no sabía dónde, pero sintiéndose en un cuerpo vivo. La incertidumbre acicateaba, se movió indeciso hacia una luz que se filtraba tras una enorme puerta, vio con claridad los objetos: mesas desconocidas, sillas extrañas... eran tan grandes... y se agazapó con miedo del otro lado, quizás alguien lo viera, pero antes necesitaba entender.
Pensó ... repasó sus estudios de alquimia, sus libros con los arcanos designios de la magia y de pronto irrumpió la revelación....y comprendió con solapado alivio. Sí, había muerto, pero estaba renacido en otro cuerpo. Se rió con un chillido casi imperceptible de puro gozo. ¿Esto era la muerte? ¿Volver en otro, en un niño? Porque él era seguramente un pequeño de meses, que se movía por el piso, era evidente, por tal razón todo era descomunal y grande. ...¡Ah! ¡Qué felicidad poder reírse del padre Marco, de sus amenazas de bíblicos castigos y de infiernos!

Se distendió mientras recordaba todo sobre su vida anterior, eso era lo mejor, recordar... conservaba su talento, el ingenio, había sido un hombre de alcurnia y gran inteligencia, pensar que lo habían llamado hereje aquellos santurrones...y ahora le era concedida otra vida...¡A él! ¡Sí! ¡Otra oportunidad sobre esta tierra! ¡Sería un dux, un rey... quién lo sabría... pero sin dudas lo esperaba un destino de grandeza!

La puerta ensanchó el haz de luz y una mujer hercúlea de extraña falda caminaba por el lugar donde había muebles blancos, diferentes... Una luz como el sol mismo nacía en los techos...
_.¿Será ella mi madre? ¿Viene a amamantarme? Espero que sí, tengo hambre- se animó y sintió fruición viendo los grandes pechos.

_¡Qué asco- gritó la cocinera mientras tomaba la sartén- ¡Una rata!
Y con la decisión de un yunque le aplastó la cabeza.

domingo

Chéjov, para escritores



· Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.

· Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.

· Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.

· No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.

· Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.

· Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.

· Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.

· Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.

· Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.

· Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.

· Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.

· Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.

· Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.

· Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.

· No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.

· No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos.


Consejos extraídos de Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores, Piero Brunello

lunes

Alberto Laiseca nos cuenta....


El brujo postergado

Don Juan Manuel*


En Santiago había un deán que tenía codicia de aprender el arte de la magia. Oyó decir que don Illán de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.

El día que llegó enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una habitación apartada. Este lo recibió con bondad y le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de comer. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de comer, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don Illán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego por él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced, y que estaría siempre a sus órdenes. Ya arregaldo el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no se podían aprender sino en sitio apartado, y tomándolo por la mano, lo llevó a una pieza contigua, en cuyo piso había una gran argolla de fierro. Antes le dijo a la sirvienta que tuviese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandaran. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada, hasta que el deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca, y luego una especie de gabinete con instrumentos mágicos. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres con una carta para el deán, escrita por el obispo, su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que, si quería encontrarlo vivo, no demorase. Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.

A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos, y lo saludaron obispo. Cuando don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano, pero había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago.

Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses recibió el obispo mandaderos del Papa que le ofrecía el arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán no tuvo más remedio que asentir.

Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años, recibió el arzobispo mandaderos del papa que le ofrecía el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Cardenal le hizo saber que había reservado el arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán no tuvo más remedio que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los cuatro años murió el Papa y nuestro Cardenal fue elegido para el papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán (cuyo rostro se había remozado de un modo extraño), dijo con una voz sin temblor:

- Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué.

La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa se halló en la celda subterránea en Toledo, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.

*Versión al español moderno de Jorge Luis Borges de "De lo que contesció a un deán de Santiago con don Illán", incluido en el Libro de Patronio, del infante don Juan Manuel, clásico medieval castellano conocido como "El conde Lucanor".

jueves

El hombre en la ventana del café



Vino de mis amigos de Café 70 a quienes quiero tanto.

El hombre en la ventana del café
consume un cigarrillo solitario
consume un pocillo y un silencio
consume un pequeñísimo calvario.

Yo estoy en otra mesa del café
también me pasa el tiempo en un pocillo
también me pasa el mundo desde lejos
también estoy andando un cigarrillo.

La charla de otras mesas es un murmullo
un diálogo tan tibio y tan amigo
que duele estar así mirando nada
con sólo un cenicero por testigo.

Entonces,
entonces se me ocurre dar un golpe
quebrando de repente con las reglas
alzar mi soledad entre mis manos
y llegar hasta el silencio de su mesa
soltarle el imprevisto de mi hola
pedirle simplemente que charlemos
decirle que presiento su tristeza
brindarme a compartir lo que tenemos.

Diez mil generaciones de mujeres
me atajan el terrible pensamiento
me acusan de atrevida, de poco seria.
Me clavan a lo inmóvil de mi asiento.

Qué estúpida la historia de mi sexo.
que inútil la sanata de pudores
qué absurdo este disfraz de indiferencia
que sólo nos disfraza los temores.

De pronto,
de pronto tengo el aire de mi abuela
diciéndome las cosas que mamé...
Las damas no conversan con extraños...
Abuela... ¿Me querés decir por qué?