
_La última Tito...y es por tu bien, volvete, la Ramona debe estar plantada en la puerta esperándote junto al palo de la escoba.
_ El palo lo tiene envarado en la espalda, esa vieja.
_ Te da un lugar donde dormir y te aguanta la curda de cada día.
_ Para mí, tiene dos almas, gallego.
_Ya estás bien borracho ¿Eh? Una vieja con dos almas....qué disparate.
_Y claro, algunas noches usa una que es buena, entonces me da un café y otras, tiene puesta la mala, se la ves en la cara amarga nomás.
Paco se rió con ganas, las cosas que decía cuando el vino le sobraba. No era mal hombre Tito y en el pueblo lo querían. Tenía la réplica justa o la broma pronta para cada ocasión. Se ganaba unos pesos en barcito “La Giralda”, lavaba copas, limpiaba y descargaba la mercadería que llegaba con puntualidad prusiana martes y jueves. Antes de irse para su pieza en la casa de Ramona, gastaba la mayor parte de su paga en dos vasitos de vino y otros dos y otros dos...
Había aparecido un día sin fecha cierta por el pueblo, su cara sucia de nueve años harapientos conmovieron a las señoras de la parroquia que lo bañaron hasta rasparle la piel, le tuzaron las crenchas y lo dejaron al cuidado del curita, vivió entre cirios y hostias hasta que descubrió que el vino de la sangre de Cristo le venía mejor y se largó. Consiguió una piecita para dormir, un cuartucho lleno de trastos de la dueña , con el catre le alcanzaba y nunca faltaba un plato de comida que alguien le guardara.
Como el patrón enfilaba para la entrada para bajar la persiana, se puso de pie con su tranca a cuestas y salió a la noche desequilibrada. Los pasos desafinaban en la vereda solitaria, cada tanto una baldosa floja le enredaba un pie y le hacía pegar un salto en un enredo de alpargatas. Llegó a la casa y fue cayendo en el umbral. El pulóver rojo, puro agujero se mezclaba con la mugre compañera de la cara, pasó la mano por la barba crecida y levantó la cabeza buscando el aire, la luna se le metió en los ojos, era una tajada sandía recién cortada sobre la mesa negra de la noche.
_Tito ¿Estás bien?
_¿Qué hacés Martín? No te preocupes, es que hoy me toca el alma mala, no me acuerdo cómo se entra.
Martín sonrió al escucharlo, dejó el bastón blanco y se sentó a su lado, apoyando su espalda en la pared lenta.
_ Te vas a ensuciar polaco...mirá que ahí justito acaba de orinarse un gato.
_ Chamuyero...te espero un rato hasta que se te pase y después te ayudo.
_ Qué mierda ....yo veo doble y vos no ves nada...
_¿Y qué estás viendo ahora, negro?
_Que te sobran dientes, reíte nomás... me gusta verte contento ¿Qué hacés vos dando vueltas?-insistió
_Salgo a respirar noche, a escucharla
_Saliste con el alma buena...
_La mala la dejo en la ropero y a veces hace balurdo para que la suelte, pero la tengo bajo dos vueltas de llave, si sale, creo que me voy al barranco y salto.
_ Yo no puedo encerrarla en ningún lado, la llevo bajo el pellejo...
Martín se quedó callado, entendía a Tito, no era cuestión de almas sino de tristezas, pero el curda escapaba a esa palabra. Se conocían desde los toboganes y barquitos de papel en los charquitos de lluvia. Tito con palabras le hacía la mirada. Haber nacido ciego no le quitaba nada, porque nada conocía o sí... el cariño del amigo le había contado que las margaritas eran arañas de muchas patas con una panza ciega y que la calesita giraba como el mundo, donde todo daba vueltas sin moverse, donde nadie podía alcanzarse.
Vaya uno a saber por qué uno se aquerenció al vino.... el otro, a beber noche, anverso y reverso de la misma cosa... un sentirse ajeno a eso que se parecía a la existencia.
Cuando llegué al pueblo, todavía rumoreaban la historia. Cada uno adornaba con perspectivas personales cada versión. Supuse que tenía mucho de chisme y alguna cosa cierta, sin embargo un día, cuando los parroquianos ya se habían retirado, el dueño de La Giralda me ofreció un último trago trasnochado ”cortesía de casa, para que la gente de Buenos Aires, sepa que acá somos como Dios manda” y aflojó la lengua como si no me hablara a mí, mientras secaba las copas.
_ A Martín se lo comió el barranco, el pobre tenía costumbre de caminar por allí en las noches,acaso no midió el peligro... lo encontraron sobre una piedra con los ojos abiertos, como si hubiera visto el cielo. El cieguito era algo triste, eso sí... y de muy buena familia, hoy no tienen consuelo... usted dirá para qué sirve la plata en estos casos. Tito, que antes trabajaba aquí, aquel día se volvió loco... corrió a la casa del amigo y se metió a los empujones en la pieza. Nadie podía pararlo. Ramona, que siempre fue como una madre para él, lo siguió desesperada con sus huesos, después contó acá mismo, que al ver el ropero con las puertas abiertas, se partió en gritos...”el alma mala” repetía... “se le escapó el alma mala”.
_¿Qué pasó con Tito después?
_ Nada... desvaría, quién le dice si no es por el vino, desde muchacho empina el codo.... pero quedó mal de la sesera, diga que la Ramona es un alma del Señor.
Me fui dejando una moneda. En todas partes se encuentran historias, pensé camino hacia la cabaña que me habían prestado. Tampoco yo venía bien, necesitaba un descanso, tomar distancia... una mañana, que se parecía a todas, que fingía ser igual a todas las mañanas, Ana había armado una valija rápida y me espetó en la cara
un ya no te aguanto, acaso no ver la casa poblada de su ausencia me ayudara, fue ése el consejo de mi aturdimiento.
Era verano, las casas dormían en sus jardines, la noche clara dejaba entrever el perfil cercano de las lomadas que despuntaban en la boca del barranco. Me acerqué mordisqueado por la historia que acabara de escuchar, Las luciérnagas encendían los yuyales pero el abismo se abría insondable.
_No puedo con dos almas malas.... no puedo_ escuché muy cerca y busqué la voz agazapada_ Se le escapó a Martín y ahora la llevo también bajo el pellejo.
_¿Tito? - Reconocí
_Los ojos de Martín tenían el alma buena allá en el fondo...es la única manera de salvarse.
Cuando quise asirle sólo me quedó un halo de vino y la imagen achicándose en la caída hasta un estrépito seco, sordo.
Me volví a Buenos Aires al día siguiente, escapé del pueblo convulsionado por el suicidio de Tito en el barranco. Una mujer vieja de pómulos góticos daba gritos mientras lo subían entre varios, desde lejos me pareció una estrella que se abría de brazos, como queriendo quedarse abajo.
Hoy, sigo en la casa vacía, en la vida vacía, en el mundo vacío. Y sé que las almas buenas se van con los muertos... que todo se va, agrandando el pozo donde mora la tristeza. ¿Cómo cerrarlo? ¿Quizás escribiendo un cuento... una historia? ¿La de ellos o la mía?.
Es difícil... otro ciego... de inciertas bibliotecas supo que la realidad carece de los escrúpulos que la literatura tiene y no sé si pueda yo hacerlo... porque siento el alma muerta.