
Se levantó antes de los maitines y empezó con la limpieza de la capilla, porque era allí donde se iniciaban las actividades de los frailes. Con un balde y un cepillo comenzó concienzudamente su trabajo, mover el trapo girándolo sobre el piso hasta que el olor de la cera le llegara penetrante, dulzón y las tablas brillaran al punto de vislumbrar en ellas su cara joven de cejar torvas. Como el nombre le impusieron también el destino. Era hija y nieta de sirvientas, desde chiquita le habían enseñado el oficio de fregona, única posesión en su vida. La madre se venía muriendo cuando ella descubría los doce años y como último gesto de amor la dejó al cuidado al cuidado del curita de la parroquia. El padre Juan consideró que lo mejor para la nena era mandarla, con carta de recomendación, al noviciado de su orden, en Azul. Allí continuaría con el trabajo que tenía como herencia, lejos de Buenos Aires y sus peligros, estaría a salvo.
Llevaba ya tres años en el silencio de ese lugar, un edificio austero y sencillo oliendo a viejo. Alrededor, los árboles eran un mundo de pájaros que cada amanecer la despertaban incansables. Reconocía el canto de los zorzales, los silbos de los tordos... Con esa música abría los ojos, se ponía unos pantalones viejos y empezaba la jornada.
Arrodillada sobre la pinotea, plegaba su cuerpo sobre los talones con los ojos fijos en el lustre… su trenza oscura mecía las maderas, salió de su reflejo esfumado de belleza por unos pasos quedos que sonaron a sus espaldas.
_ Buenos días... María _ le susurraron bajito.
_¡Hermano Abel no me diga que ya es la hora de los rezos!
_ No chiquita, no te apures necesito un momento a solas con éste te habla.
_¡Ya me voy a prepararle unos mates!
_ Gracias… si puedo me acerco a la cocina para robarte un amargo y saludar a la Juliana, a ver si ella también se anima a darme un pastelito.
Abel se arrodilló, sobre una de las bancas largas cercanas al altar. Estaba solo con su alma confundida entre el olor a incienso y pabilos quemados. Apoyó la cabeza sobre las manos entrelazadas para volver a su encrucijada cotidiana: creer en Dios, pero también necesitar al mundo.. era grande su nostalgia por el mundo.
_ ¡Son las pruebas al que demonio nos somete!_había aullado su confesor_ sus trampas suelen tomar formas inesperadas.
_Esa formas se meten en mi cabeza padre, son como perros que me muerden cada noche.
_¡ Mortificación del cuerpo hijo mío! Estás cerca de los votos definitivos_ se veía tan alterado el viejo padre Javier que alguna palabra le salió en su gallego natal_ Reza hijo, reza, ayuna, el mundo de los hombres es horrible como el infierno ¡Escóndete en las entrañas de Cristo!
Abel, había llegado desde su Tucumán al monasterio no por propia voluntad sino por la persuasión de hambre.
_El fray de La Candelaria dice que es lo mejor, que te vayas para allá porque tenés un alma grande. Acá no hay mucho para vos, el trabajo de la zafra, alguna changa ¿Quién te dice m´hijo si llegás a ser obispo? La broma era una máscara que tapaba la pena en la mujer gastada… animar la partida de su hijo, la sangraba. Llevó la mochila de su hermano Tito y se fue a Azul en un tren chinchudo de noche, la oscuridad se adhería a la ventana como una luz, pero entrecerrando los ojos adivinó los desfiladeros que se alejaban turbios.
Le costó adaptarse a los maitines, las tercias, las misas cotidianas, el ángelus… una repetición de rituales que nunca lo acercó a nada. Llevaba casi seis años ya, pero no olvidaba su cielo con montañas altas, donde los changuitos oscuros eran una exhalación terrosa del paisaje. La asfixia se hacía cotidiana, esa parte de él que quería irse… le crecía adentro estirándole las costuras del alma.
El padre Javier, no dejó de rezar por Abel cada mañana, cada tarde, cada noche… pero tampoco pudo dejar de hablar con el padre director sobre el asunto.
_Es esa muchacha_ decretó sin más preámbulos_ ¡Ya vengo notando cómo la observan los novicios: el hermano José la mira como un lobo cuando sirve la comida! Y Abel se levanta antes de los maitines para verla inclinada sobre el piso, ella misma es consciente, por eso se esconde... uno no espía…válgame Dios, pero sabe.
_Es una decisión difícil, la pobre no tiene a nadie.
_Ya le buscaremos conchabo en alguna casa del pueblo, en pocos días lo resuelvo si el Santísimo me acompaña.
La tarde se caía sobre los jardines lacónicos y el sol incentivaba los colores afilados de los pinos y de las margaritas pobres. Casi todos dormían en la frescura de sus cuartos, era el breve tiempo del descanso. En la cocina estaban listos los jarros del mate cosido para la merienda, nunca dejaba de cumplir la servicial María. Se reclinó cansada contra el marco de la ventana y gozó la visión del día.
_ ¡Tengo noticias muy buenas, Maria!_ irrumpió el padre superior.
_¡Padre, qué raro verlo por acá! ¿Buenas noticias para mí?
_ La señora Sánchez, tan buena cristiana, va a dar luz muy pronto a otro hijo para la gloria de Dios ¿Lo sabías?
_¡Qué lindo! Ya tiene cinco ¿Cierto?
_Sí, por eso mismo vas a trabajar en su casa, ya no puede con la barriga y los críos.
Otro desarraigo le aferró el corazón, pero aguantó, si quien decidía su vida no era ella. La dejó sola sin esperar una queja inútil y María se encaminó hacia afuera, necesitaba el aire que se hacía mezquino. Recostada sobre la hierba cerró los ojos, el sol se los besaba y quedó dormida con lágrimas enhebradas que no querían llegar al suelo.
_ Shh… no hables fuerte muchachita, vengo a despedirme, nadie lo sabe pero me voy sin camino de regreso.
_ ¡Pero , se va, se va? ¿Para siempre hermanito Abel?
_Para siempre María... con alguna duda todavía, pero quiero estar lejos, donde todo no me huela a muerto.
_¿Sabe? El padre Eugenio dice que también me voy, me mandan a servir a la casa de los Sánchez.
_María…_ suspiró Abel, dándole un abrazo_ nos mueven como a marionetas….tomá esta medallita para que no me olvides, para agradecerte los mates que me cebabas a escondidas de los curas. Dame un recuerdo tuyo chinita, tampoco yo voy a olvidarte.
Parpadeó un poco, no tenía nada que darle... despacio deslizó la tímida blusa, los pechos resolvían la materia de tela en perfecta geometría y le ofrendó su piel con halos de manzanas. Conmovido... le besó la frente y la ayudó a cubrir con cuidado la desnudez… María le regalaba el mundo.
_Te debo el resto de mi vida. Que alguien te salve chiquita, como vos hiciste conmigo...
Afuera la calle de tierra tenía florcitas silvestres sobre las zanjas, dio unos pasos con desconocida alegría, pero giró la cabeza... y la supo trémula. Un relámpago le atravesó la garganta en un grito.
_¡Vamos chinita! ¡Mi Tucumán necesita una María!
Pintura Salvador Dalí


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