
Llueve apenas, como un desgranarse el cielo, sobre las calles barrosas de la ciudad. Nadie atraviesa la plaza Victoria, nadie asoma siquiera a una ventana. La mayoría duerme en el amparo de la siesta. Nadie. Sólo va Jacinta sobre la silla de manos que los negros mojados llevan en andas para visitar a doña Luisa Suárez de Cajal. Es la primera vez que acude, la ha mandado a llamar, pues su hijo Pedro la nombra en sueños de amores que ella atenta vigila. Tiene que poner en su lugar a esa criolla, no permitirá que una oportunista entre en su familia, aunque sea la sobrina de un comerciante rico. En las tertulias de su casa se reúnen las figuras más ilustres, hasta el mismísimo virrey paseó por sus salones y no tuvo más que alabanzas para ella cuando tocara en el clave. Sus dos hijos son la seguridad para el futuro, contraerán matrimonios ventajosos que planea cada día de su vida. Tiene las ilusiones puestas en Pedro, posee la gallardía y el garbo de los hombres castellanos, pronta la risa y premura en la cortesía. Es que se ha educado en España, mientras que la pequeña Leonor....ha nacido en estas tierras yermas y desdibujadas... a ellas se parece, es enjuta y seca, apenas se conoce el tono de su voz y sólo entiende de sus pudores por el color encarnado de sus pómulos altos cuando la reprende. Tiene la herencia de su suegra a cuestas, una migaja de cabellas claros. Si su esposo estuviera aquí sería menos ardua la tarea de casarla, pondría precio a una dote y alguien se la llevaría de su vez, sería un buen trueque, además Leonor, tiene el lustre del apellido hidalgo, pero Juan está junto al rey y no volverá hasta la primavera.
Un lacayo le avisa que ha llegado la advenediza, es su amenaza, pero ella sabrá tenerla a distancia... lejos, muy lejos de su Pedro. La negra Juana, de blancas trenzas enrolladas como una corona alrededor de su cabeza está cerca de su ama y conoce sus pensamientos, la ha servido desde los dieciséis años, cuado llegara a Santa María de los Buenos Aires junto al hijo pequeño y su esposo, a quien el rey le otorgara tierras. Ha sabido mantener contenta a su ama, siempre lista una tizana para sus males o algún brebaje..... la señora cree en la magia de sus ancestros negros, en los rituales africanos y los sacrificios . Alguna vez llegó a ofrecer la sangre de algún animal a Orisha para que la suerte la acompañara. Por eso goza de un lugar de privilegio que ningún otro esclavo tiene, y lleva finas prendas con puntillas y sedas el ama le diera como pago.
_ Ahí está la niña Jacinta, viene con su chaperona.
_Que espere.... que aprenda a esperar como debe.
_Pero el señor Pedro....
_Cuando termine con ella, no querrá saber nada con Pedro. Ni el dinero de su tío, un don nadie, va a torcerme. Mi hijo merece a alguien de linaje y no a esa poca cosa. Leonor quizás acabe sus días en un convento, nadie se fija en ella.... por más que me empeñe. Terminemos de una vez, haz que entre ésa.
En un rincón Leonor escucha lastimándose los labios para gritar cuánto la odia, truncó su confianza apostrofándola de fea y torpe, sólo el hermano la llena de ternura, su garza le dice y es la única vez en que puede sentirse hermosa. Se esconde mutilando una sonrisa ante el recuerdo y espera la entrada de la criolla morena y piel de sutilezas perfectas.
Jacinta hace una leve reverencia y la falda amplia de raso oculta el temblor de sus piernas, su doncella aguarda de pie y ella también. Nadie las invita a sentarse.
Doña Luisa camina ceremonial por el salón, la luz vaga de los candelabros se pierde en el ropaje de la señora. No le quita los ojos, la observa como un halcón y mide la belleza infantil y los pocos años, sabe que ganará la partida, no es rival para ella.
_ No te haré perder tiempo, Jacinta, pedí que vinieras para que sepas que es inútil que alientes a Pedro o peor, que le creas, está prometido con una joven española desde niño. Tu honra se mancillará cuado se todos se enteren de esta picardía de mi hijo, es mejor para ti que lo sepas y viajes junto a tu tío.
La humillación le levanta una vertical de fuego por el cuerpo y no atina a llorar ni a moverse, sólo su boca se ha desatado como un moño pero no habla, está abierta dejando escapar la respiración apurada.
_Juana, acompáñala a la puerta, la señorita no se siente bien.
Pasarán los días avergonzados de fiebres y de llantos... Pedro...fueron falsos tus requiebros y promesas. Las horas quietas serán de luto para ese amor primero.
_¿Has visto a Jacinta madre? ¿No es la más hermosa acaso, la más inocente y buena?
_ No ha venido...¿Cómo puedo saberlo?
_Pero prometió que vendría a saludarla....
_Pues no lo hizo... te has hecho inútiles ilusiones , se dice en las tertulias que la ronda un mozo de su edad, un comerciante como su pariente.
El golpazo de la puerta es la única respuesta. En pocos días Pedro jurará de rodillas a Jacinta que nunca se ha prometido, que nunca hubo ni habrá otra. Contra los designios de doña de Luisa se casarán una noche secreta y desde ese día la lleva a vivir a su casa. Es el primogénito, el dueño de las tierras y su palabra no admite réplicas ni aun de su madre.
_Pronto nos iremos a la hacienda de Asunción, el virrey me ha prometido una plaza.
_No soporto esta vida Pedro...
_Pronto....pronto..... sólo espera un poco más.
Se demoran los días de hipocresías y odio. Doña Luisa no consentirá nunca a la que ignora en sus salones. La quiere muerta, habrá que dejar pasar un tiempo y en el dolor de Pedro le encontrará consuelo con Isabel de Montijo, la sobrina de virrey. Además está Juana ... y acudiría al mismo diablo si fuera necesario.
_Quiero que hagas algo para que muera, si no muere ella, mueres tú.
_Se perderá mi alma, ama...
_Tú y yo no tenemos alma. ¿Qué necesitas?
_ Algo de su ropa, un poco de su cabello y cera de los cirios que ponen alrededor los muertos.
_Consigue todo y que muera, te daré la libertad, si la matas, pero que Pedro no se aleje de mí.
La muñequita amarilla, juega en las manos de doña Luisa, lleva un mechón oscuro en a cabeza y una puntilla que adornara el traje de desposada .
_¿Cómo conseguiste todo? ¿Cómo le cortaste el cabello?
_No fue difícil mi ama. El cepillo tenía tantos que no fue necesario tomarlos de su cabeza.El pelo es lo más importante. Ahora sólo debe clavarle una aguja en el corazón, le garantizo con mi vida, su muerte. Shango mece su hacha para cortar el hilo de su aliento.
Sin que le tiemble la mano, asesta el estilete en pecho, con tal fuerza que lo traspasa y le lastima la mano que sangra... No entiende, su corazón pareciera estallar... abre los ojos inquiriendo con asombro... abre la boca, no es posible va a gritar... y cae a los pies de Juana, que huye despavorida, pensando en los horrores de la Inquisición... ¡La quemarán.... la quemarán por bruja...!
Detrás de un cortinado, Leonor, la hija olvidada, sonríe, casi por primera vez, acercándose al cuerpo. Las velas pincelan de oro su cabello insulso y los ojos miran fascinados el fulgor del pecho rojo, solo.
Ay madre... _ exclama con serenidad alucinada_ si supieras qué tan fácil es cambiar los cepillos donde se enredan los cabellos de dos mujeres morenas.
Fotografía:Exposición de Fernando Capurro Ruano
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